viernes, 12 de marzo de 2010

Un clavo en la pared

Otra vez llegaba la noche a mi casa: fría, sombría, solitaria. Parece que sólo la penumbra llegaba a mi vivienda; los vecinos tenían luz; jugaban y reían, era la típica familia formada por el padre, la madre y los hijos, cenando y platicando sobre cómo les fue en su día.

La noche sola, y yo, queriendo acompañarla. Me senté a leer un libro que me habían prestado hace muchos años, pero nunca lo he podido acabar de leer, se titula “Déminan” de Herman Hesse, es la historia de un niño que…, no puedo seguir contándolo porque no hay algo que me impide concentrarme; no solo en poder leer un libro, sino en hacer mis actividades cotidianas.

En el trabajo no me puedo concentrar, trato con muchas personas al día, sin embargo, no recuerdo la cara de ninguna, mi supervisor se la pasa llamándome la atención y siempre me dice: hay Stephanie, ya reacciona, parece que estas enamorada. Ella no sabía que yo odiaba el trabajo de cajera en un súper mercado, pero que es la única labor que podía hacer bien. Mis padres me pagaron las mejores escuelas particulares de la ciudad, pero termine en este oficio.

La supervisora no sabía que pasaba en realidad por mi mente, no sabía cómo había sido mi infancia, las condiciones en las que vivía y sobre todo, no sabía mi estado emocional.

No estaba enamorada, ni me sentía en las nubes, no sentía mariposas en el estomago; al contrario, me sentía sola, devastada y desilusionada. Ese clavo en al pared me causaba todas estas emociones. El solo ver ese clavo todos los días, me hacia recordar su imagen.

¿Por qué? por qué lo tenía que extrañar tanto, aunque me pregunto si en realidad lo extrañaba a él, o su compañía; esas tardes cuando me abrazaba y platicábamos por horas; el café que me preparaba con la medida exacta de azúcar, cuando me llevaba al trabajo, cuando no decía nada, pero sabía que ese silencio era un te amo.

Tal vez nunca nos llevamos bien, tal vez nunca me conoció del todo, pero de algo estaba segura, que lo amaba y que fue hasta el momento en que su saco ya no se veía colgado sobre el clavo en la pared, que me pude dar cuenta que amaba profundamente a mi padre.

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